Volver a la Zarzuela, por Fernando Savater
Dado que las carreras de caballos han sido lo más parecido a una auténtica devoción religiosa que he tenido en mi vida, supongo que puedo emplear sin irreverencia un lenguaje sacramental para referirme a ellas: el hipódromo de Lasarte en San Sebastián fue mi bautismo turfístico pero en el hipódromo madrileño de la Zarzuela recibí mi confirmación. Por eso ambos tienen para mí un significado especial, como la aurora y el mediodía.
Cada año, volver a la Zarzuela significa un reencuentro con una combinación de elementos preciosos: se mezclan las sensaciones que despiertan en mí los recuerdos de tantos momentos gozosos y gloriosos del pasado junto con su renovación en otros que no desmerecen de aquellos. Es un hipódromo que tiene mucho pasado para algunos de los viejos que lo frecuentamos, pero también presente y sobre todo un futuro por el que todos debemos luchar.
Volver a la Zarzuela es reencontrarnos con amigos de toda la vida, a algunos de los cuales nunca vemos fuera de este ambiente de afición compartida. Pero también comprobar que cada vez hay más jóvenes y niños que aseguran los renuevos de esta bella pasión. Algunos reconocemos en ellos al verlos las emociones de nuestra adolescencia y primera juventud…Y todo en un paisaje hípico muy hermoso, con la sierra de Madrid como un fondo velazqueño cambiante según las estaciones y el propio palacio de la Zarzuela frente a las tribunas. Sí, ya sé que también Chantilly tiene un palacio, pero el nuestro es de verdad de la buena, con Rey y todo…
Y sobre todo, volvemos a encontrarnos con los purasangres: esforzados, preciosos, dispuestos a darnos con inocencia y generosidad el ciento por uno.
Fernando Savater
